“Recojo chatarra con la ilusión de volver a Senegal”

JAZMÍN ROMÁN

Un mediodía de viernes Papa Ndiaye, Papi -como le llaman sus amigos- llega a la nave de la calle Tánger después de recoger chatarra desde el Poblenou hasta la plaza Universitat. Un día bueno son unos 300 kilos. Su salario diario varía entre los diez y los veinte euros. Papi no tiene salario fijo, todo depende de cómo se las rebusque. Tiene 28 años y llegó a los 17 desde Senegal en un barco en el que viajaron durante nueve días 80 personas. Al llegar a Tenerife, pasó 40 días en la cárcel. Tuvo suerte y no lo deportaron. Sin embargo, la vida no ha sido como esperaba.

¿Se imaginaba estar en esta situación? (Se queda callado, pensativo y cabizbajo) .La verdad, nunca me he parado a pensarlo. Solo quiero trabajar y trabajar. Es duro el día a día. Hace nueve años que recojo chatarra con la ilusión de volver a mi país. Me gustaría ir a Senegal dos meses y luego volver aquí y seguir. No puedo ahorrar, porque le envío gran parte del dinero que gano a mi familia. Aquí sólo compro comida y pago el alquiler. Algunos de mis compatriotas llegan y echan a perder su vida porque se vuelven alcohólicos o venden drogas. Yo no fumo ni bebo.

¿Qué le empuja a seguir? Lo único que pienso cada día es levantarme, trabajar, ganar un poco de dinero y mandárselo a mi madre. Esa educación y disciplina me la dio mi padre. Él siempre nos enseñó a mis hermanos y a mí a ser respetuosos y educados. A los 18 años tienes libertad como todo el mundo, pero tienes que ser consciente y tener la cabeza en orden. Ahora solo tengo en la cabeza conseguir los papeles. El contrato más fácil es para limpiar casas, pero nadie confía: la gente tiene miedo, piensa que les vamos a sacar dinero o que nos vamos a ir, y no quiere arriesgarse. Es difícil. Si no escuchamos al otro, nunca vamos a saber qué le pasa. Se trata de ir para adelante y sobrevivir.

¿En algún momento ha tenido miedo?  El miedo paraliza. Yo no sabía que iba a pasar todo esto cuando llegué. No sabía que iba a estar unos días en la cárcel, no imaginé nada. En la cárcel me trataron bien, pero llegué como un refugiado y no hablaba español. Sólo francés. Cuando entré me preguntaron si tenía familia en España, me pidieron un contacto y llamaron para comprobar. Después me llevaron en bus hasta el Arc de Triomf y allí estaba el hijo de mi tío esperándome. Hace nueve años que recojo chatarra con la ilusión de volver a mi país. Lo único que me falta para ir y poder volver a España es un contrato de trabajo para que me den el NIE y así ser residente.

Papi tiene un anillo de plata que le regaló su madre hace diez años y una alianza de compromiso que le envió su futura mujer a través de su hermano. Cuando habla mueve las manos, pero mantiene la mirada fija. Antes de volver a su casa, se cambia la ropa de trabajo. Lleva un chaleco abierto y, debajo, una camiseta negra con la cara de un tigre que ruge.

¿Qué ha estado haciendo desde que llegó a Barcelona? Siempre lo mismo. Recoger y vender metales, hierros y todo tipo de chatarra en Graco, una nave en Poblenou. Cuando llegué me pidieron el DNI y me dieron un número de identificación. Todos estamos registrados porque es información que pide la policía. Por la mañana salgo con el carrito por toda la ciudad y al mediodía plego. Hay veces que me llama un amigo que está trabajando en alguna construcción y me dice: “Papi, pásate a las 2, tengo cosas”, y voy directo a esa obra. El trabajo es muy inestable y difícil. Recogiendo chatarra gano unos 20 euros al día. Hay días que son muy malos y otros que son buenos. Cuando me llaman de una obra puedo ganar más de 50 euros en pocas horas.

¿Cómo es el trabajo de un chatarrero? Nadie me manda, hago el horario que quiero. Empiezo a caminar tranquilo, poco a poco, sin prisa, y así voy trabajando. Hablo con la gente de algunos bares y tiendas que ya me conocen. Son buena gente. A mí en la calle nunca me han molestado. Otros dicen que a ellos sí, pero a mí siempre me fue bien. Hay algunos que se ponen los auriculares y escuchan música. Yo no puedo andar mirando el móvil, porque tengo el carro y tengo que mirar por dónde va caminando la gente. 

¿Su madre está contenta de que esté aquí?  Sí, mis padres están muy orgullosos de mí… (Sonríe) A veces tengo ganas de estar allí y verlos, pienso luchar hasta lograrlo. Pero uno se acostumbra a esa distancia. Desde que llegué siempre me he comportado bien, no he hecho ninguna tontería y no he tenido problemas con la policía. Si tengo suerte puedo encontrar algo y si no, nada. Eso solo está en manos de Dios. 

¿Qué hace cuando regresa a su casa? Llego más o menos a las tres de la tarde, como algo, descanso y hablo con mi familia en Senegal. Nada más. A veces quedo para ir a casa de un amigo y los fines de semana veo la televisión de mi país por internet. El 15 de octubre llamé a mi novia para proponerle matrimonio.

¿Su novia está en Senegal? Sí. Le dije que si este año, si Dios quiere, consigo los papeles iré allí y nos casaremos. Vamos a hacer una fiesta ahí y después volveremos juntos a España. Estamos enamorados desde pequeños, éramos vecinos del barrio. Nuestra religión es musulmana y en nuestro país es costumbre primero pedir permiso a sus padres y a la familia. ¡Me lo dieron! Hay muchos hombres que la llaman porque quieren estar con ella, pero ella me ha dicho que solo quiere estar conmigo y que me va a esperar.

 

 

 

 

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