La ciudad que vive el jazz en silencio

ANE GÁLVEZ E IRENE TREJO

La escena de jazz en Barcelona está silenciada. Aunque hay tres escuelas de música y excelentes músicos, la mayoría de ellos son prácticamente desconocidos. La ciudad vive el jazz de un modo íntimo, podría decirse que casi a escondidas.

“La música parece ser un pecado en Barcelona”, dice Raynald Colom, profesor de música jazz en el Liceu. Como quien tiene que esconderse, muchas veces los grupos se juntan en alguna casa para rememorar viejos ritmos y jugar con ellos. La gran mayoría se queja de la falta de lugares para poder tocar de cara al público.  En aras de combatir esto, cada noche pequeños locales abren sus puertas a los músicos y organizan conciertos o jam session.

Uno de estos locales es “23 Robadors”, ubicado en la calle homónima en Ciutat Vella. Un local que yace en medio de la oscuridad; la luz de las farolas iluminan vagamente su contorno y el humo, que sale cada vez que se abren sus puertas, enmarca el 23 de neón colocado en la fachada. El ambiente del lugar parece coincidir con la calle de El Raval bautizada con el mismo nombre del bodegón, una vía de bares de ocasión y prostitutas.

Mientras Barcelona se enfría, el local empieza a arder por dentro. La gente conversa en la barra y se lleva una de sus deliciosas tapas de tortilla a la boca, mientras por los altavoces se asoman el irreverente saxo de John Coltrane y las lacerantes canciones de amor no correspondido de Billie Holiday. Todos parecen encontrarse en una época distinta, que al final les pertenece.

Sensaciones de otro tiempo

El calor se hace palpable en los ladrillos rojizos que conforman las paredes. La escalera que desciende de la segunda planta, como las escaleras de incendio de los edificios de Brooklyn o de Nueva Orleans, parece situarnos de nuevo en otro tiempo. Aunque un mensaje en la pared menciona la Tercera Guerra Mundial, lo único que estalla realmente es la música. En el escenario, a dos palmos del público, los instrumentos se comportan como catalizadores de una sensación colectiva.

Mientras el batería apenas abre los ojos, el contrabajo cierra y abre los suyos dispuesto a perderse en el sonido de los instrumentos. Una silla vacía recoge las vibraciones de sus golpes de pie. Al lado, una mujer apoya la cabeza en la pared mientras imita el movimiento de los dedos del teclado sobre sus clavículas. Músicos y público parecen un mismo ser. La pequeña línea que los separa se acaba de desdibujar en las jam session. Es entonces cuando un asistente coge el violín y sube al escenario. Contrabajo, batería, teclado, saxo, trompeta y violín. Todos los sonidos fluyen de manera coordinada.

“Un buen músico es aquel que tal vez aporta poco, pero cuando lo hace sabe exactamente qué decir, cómo decirlo y cuándo hacerlo”, dice el contrabajo José López

El jazz es un lenguaje que se caracteriza por la improvisación. Las jam son como conversaciones que van surgiendo de nuevas mezclas de sonidos, que parten de una base de canciones como las de la Kelly’s Band y la Saint Bernard Brass Band, ambas de Nueva Orleans. Raynald Colom destaca que lo bonito de esta música es que permite tocar “a un músico de Barcelona, a uno de Tokio y a uno de Nueva York que se suben por primera vez en un escenario juntos”. El contrabajo, José López, explica :“Tocar es como estar dentro de una charla en la que participa mucha gente. Un buen músico es aquel que tal vez aporta poco, pero cuando lo hace sabe exactamente qué decir, cómo decirlo y cuándo hacerlo”.

La improvisación es lo que provoca que lo que se oye sea siempre cambiante y diferente. Sin embargo, hay algo que siempre permanece en este lugar. Cada noche, cada nota es un trago de copa, un cigarro que se enciende a escondidas. La melodía invita el público a dejarse llevar para morir por un rato y revivir a los cinco minutos con el solo de unas cuerdas. Abrir los ojos, sentirse ahí de nuevo porque al fin y al cabo la música siempre nos habla de lo más profundo del ser humano. Es la disciplina que permite arrancarle la belleza a lo puramente carnal, a lo más primario e instintivo. El jazz sabe bien que solo lo profundamente doloroso a veces puede llegar a ser lo más bello.

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